Letra completa
Actualizado 4 de abril de 2026Lastima, bandoneón,
mi corazón
tu ronca maldición maleva...
Tu lágrima de ron
me lleva
hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.
¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!
La vida es una herida absurda,
y es todo tan fugaz
que es una curda, ¡nada más!
Mi confesión.
Contame tu condena,
decime tu fracaso,
¿no ves la pena
que me ha herido?
Y hablame simplemente
de aquel amor ausente
tras un retazo del olvido.
¡Ya sé que te lastimo!
¡Ya se que te hago daño
llorando mi sermón de vino!
Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón,
y busca en el licor que aturde,
la curda que al final
termine la función
corriéndole un telón al corazón.
Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo.
Marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la última curda.
Cerrame el ventanal
que arrastra el sol
su lento caracol de sueño,
¿no ves que vengo de un país
que está de olvido, siempre gris,
tras el alcohol?...
Historia de la obra 01
La última curda es la obra más íntima de Aníbal Troilo, el músico que más profundamente identificó el tango con la noche porteña. La letra es de Cátulo Castillo —1956, los dos amigos en la cúspide de su madurez creativa— y construye una situación tan específica que parece imposible que funcione para cualquiera que no sea Troilo: un hombre hablándole a su copa de vino en la última hora de la noche, pidiéndole a la bebida que le explique qué pasó con su vida.
Pero funciona para todos, porque todos conocen esa hora. La última curda del título es tanto la última borrachera de la noche como la última ilusión: ese momento en que uno ya no puede engañarse más y tiene que mirar lo que queda.
Troilo compuso la música en torno a un tema melódico que suena al bandoneón hablando solo —él mismo, el instrumento que era su voz natural— y Castillo escribió una letra que trata a ese sonido como interlocutor. Lastima, bandoneón — la piedad que siente el narrador no es por sí mismo sino por el instrumento, que también ha visto todo y carga con todo. Esa inversión —el hombre compadeciendo al instrumento— es el hallazgo que convierte la pieza en algo único en el repertorio.
Repercusiones de La última curda 02
La pieza fue reconocida de inmediato como trabajo mayor. Troilo era en 1956 el músico de tango más querido de Buenos Aires —no el más innovador, ese era Piazzolla, sino el más amado— y cuando hacía algo de esta calidad, el público lo sabía antes de que la crítica lo dijera.
Para los que conocían a Troilo, La última curda tenía una dimensión autobiográfica ineludible: Pichuco —su apodo, el nombre con el que todos lo llamaban— era efectivamente el hombre de la noche porteña, el que terminaba en los bares cuando los demás ya se habían ido, el que tenía con el tango una relación de amor total y excluyente. La pieza que habla de eso era también, inevitablemente, un retrato.
Interpretaciones memorables 03
Roberto Goyeneche con la orquesta de Troilo: la grabación de referencia absoluta. Goyeneche era el cantor que Troilo eligió para sus trabajos más serios en los años cincuenta y sesenta, y en La última curda esa elección alcanza su justificación más completa. La voz de Goyeneche tiene en esa grabación una intimidad que ningún micrófono debería poder captar: suena como si estuviera susurrando en el oído de alguien, no cantando para una sala.
La pieza sigue siendo un objeto de estudio para los cantores de tango que quieren entender cómo se sostiene una canción que casi no se mueve, que no tiene los recursos dramáticos habituales del género, que depende enteramente de la verdad del intérprete.