Cancionero

La última curda (1956)

Música de Aníbal Troilo

Tango en el que un curda dialoga con su bandoneón, destacado por la riqueza del lenguaje y la construcción de imágenes poéticas.

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Letra completa

Actualizado 5 de julio de 2026

Lastima, bandoneón,
mi corazón
tu ronca maldición maleva...
Tu lágrima de ron
me lleva
hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.
¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!
La vida es una herida absurda,
y es todo tan fugaz
que es una curda, ¡nada más!
Mi confesión.

Contame tu condena,
decime tu fracaso,
¿no ves la pena
que me ha herido?
Y hablame simplemente
de aquel amor ausente
tras un retazo del olvido.
¡Ya sé que te lastimo!
¡Ya se que te hago daño
llorando mi sermón de vino!

Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón,
y busca en el licor que aturde,
la curda que al final
termine la función
corriéndole un telón al corazón.
Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo.
Marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la última curda.
Cerrame el ventanal
que arrastra el sol
su lento caracol de sueño,
¿no ves que vengo de un país
que está de olvido, siempre gris,
tras el alcohol?...

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Historia de la obra 01

La última curda —música de Aníbal Troilo, letra de Cátulo Castillo, 1956— es la pieza más íntima del binomio que más profundamente identificó el tango con la noche porteña. Castillo escribió los versos sobre una música que Troilo ya tenía compuesta, con los dos amigos en la cúspide de su madurez creativa.

La letra construye una escena mínima: un hombre al final de la noche le habla a su bandoneón —"Lastima, bandoneón, mi corazón"— y le pide al instrumento, no a la copa, que lo acompañe en el balance. La última curda del título es tanto la última borrachera de la noche como la última ilusión: ese momento en que uno ya no puede engañarse más y tiene que mirar lo que queda.

Esa inversión —el hombre compadeciendo al instrumento, que también ha visto todo y carga con todo— es el hallazgo que vuelve única a la pieza. El crítico Manuel Adet la señaló como el tango sobre el bandoneón "el más profundo, el que va más a fondo y, también, el más bello".

El estreno del balcón 02

La primera ejecución pública fue casi accidental. Una noche calurosa de 1956, en el departamento de Troilo en la calle Paraná —frente al cabaret Chantecler—, Pichuco y Edmundo Rivero ajustaban la pieza con las ventanas abiertas.

Abajo la gente empezó a juntarse hasta cortar el tránsito. Troilo con el bandoneón y Rivero con la voz terminaron estrenándola desde el balcón, para esa platea imprevista.

Para los que conocían a Troilo, la pieza tenía además una dimensión autobiográfica ineludible: Pichuco era el hombre de la noche porteña, el que terminaba en los bares cuando los demás ya se habían ido. La pieza que habla de eso era también, inevitablemente, un retrato.

Interpretaciones memorables 03

La primera grabación es de la orquesta de Troilo con la voz de Edmundo Rivero, el 8 de agosto de 1956 para el sello TK. No fue un éxito inmediato: la consagración llegó cuando Roberto Goyeneche la adoptó en Caño 14, el reducto tanguero fundado por Atilio Stampone.

Goyeneche la grabó con la orquesta de Troilo el 7 de mayo de 1963 para RCA Victor: la voz contenida, casi susurrada, como si la canción transcurriera en una sola mesa y no en una sala. La siguió interpretando como un ritual durante décadas —incluso en el Teatro Ópera, el 22 de agosto de 1987, con Néstor Marconi en bandoneón y Ángel Ridolfi en contrabajo.

La grabaron también Alfredo Gobbi con Tito Landó (1957), Raúl Garello con Rosanna Falasca (1976) y Osvaldo Piro con Roberto Achával (1978), entre otros: una circulación amplia entre músicos del género.

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