Retrato de Juan Carlos Chiappe

Biografía

Juan Carlos Chiappe

Fue autor de radioteatro, guionista y letrista (1914-1974). Creó a Minguito Tinguitella y escribió la letra de Qué le importa a Buenos Aires, que grabó Tita Merello.

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  • Nacio 28 de julio de 1914, Buenos Aires
  • Fallecio 18 de diciembre de 1974, a los 60 años

Biografía

Actualizado 22 de septiembre de 2026

Juan Carlos Chiappe (Buenos Aires, 28 de julio de 1914 – 18 de diciembre de 1974) fue autor de radioteatro, guionista y letrista. Lo llamaban el rey del radioteatro popular por la cantidad de obras que escribió para la radio, creó al personaje de Minguito Tinguitella y dejó un tango, con música de Carlos Figari, que grabó Tita Merello.

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Radicheta cruda y un globo a cincuenta metros 01

Su infancia fue de pobreza dura. El padre tenía un puesto en un mercado de Juan B. Alberdi y avenida La Plata; los padres eran argentinos hijos de italianos y a la madre, menudita y alegre, le decían Chica. Ella murió cuando él tenía once años y le dejó cuatro hermanos menores; a los dieciséis, un ómnibus atropelló a uno de ellos. Él lo resumió sin adornos en la última entrevista que dio: hubo un tiempo en que robaba radicheta y se la comía cruda, del hambre que pasaba.

Empezó cantando. El 28 de febrero de 1928 cantó en Radio Patria, y para entonces ya había dejado los potreros de Floresta y de Villa Progreso donde se había fogueado jugando al fútbol. En una kermesse en el parque de Patricios ganaba dos pesos por cantar y bailar todo el día; unos franceses que habían traído un globo aerostático le pagaron veinticinco para que subiera a la canastilla y cantara con un micrófono a cincuenta metros de altura, para atraer gente. Le preguntaron por qué hacía todo eso y contestó que porque necesitaba comer.

De Rivadavia al 8800 hasta la calle Estados Unidos, ida y vuelta, caminaba setenta cuadras porque no tenía para el tranvía. Al final de ese camino estaba Radio del Pueblo, que él llamó el hogar donde se hizo y el nido al que siempre volvía.

El Malevo le devolvió su firma 02

Al principio no firmaba lo que escribía. Era un muchachito, los empresarios sostenían que no tenía autoridad para firmar ni dirigir, y un escritor conocido de la época ponía su nombre sobre los textos de Chiappe.

Lo cambió un encuentro en la esquina de Corrientes y Talcahuano, donde vio que dos hombres señalaban a un tercero: era el Malevo Muñoz, uno de los seudónimos con que el poeta Carlos de la Púa firmaba en el diario Crítica, y del que Chiappe era lector ferviente. Fue a hablarle. A la media hora lo había llevado a su departamento, después lo hizo socio de Argentores y le dio la idea de una leyenda sobre un pájaro que terminó siendo una obra que escribieron juntos, Sangre en el río.

Lo que Chiappe decía haber aprendido de él no era técnica: era ser tolerante, no juzgar apresuradamente, tener justificativos para los errores ajenos, andar con amor entre la gente. Y un permiso, que le llegó con una frase que él repitió toda su vida: le había entibiado las alas, y ahora volara solo.

El brujito de Eduardo Castex 03

Su compañía trabajaba quince días en la radio, dejaba grabado y se iba otros quince de gira por los pueblos, donde hasta hacía poco anunciaban su llegada con bombas de estruendo. Recorría setenta mil kilómetros por año. Una regla de la casa: nunca mostrar a las actrices antes de que estuvieran arregladas y maquilladas, porque los viajes por el campo cansan y el público tiene que verlas bien, incluso antes de la función.

En una de esas giras, en Eduardo Castex, llegaron a un pueblo donde hacía meses que no llovía y la sequía angustiaba a todos. Chiappe, que se declaraba hombre de fe —contaba que había perdido la vista dos veces en su vida y las dos la había recuperado—, hizo una promesa desde el escenario que le costaba mucho: no volverían a actuar ahí si no llovía antes de tres días. Diluvió al segundo. Desde entonces en ese pueblo lo llamaban el brujito.

De otra gira, en Bahía Blanca, salió su obra más célebre. El intendente invitó a la compañía a pasar la noche en su estancia; era chica y de noche el lugar resultaba tétrico, con el viento aullando entre los árboles. Ahí se le ocurrió recrear ese paisaje y cruzarlo con la leyenda del séptimo hijo varón que se convierte en lobo. Así nació Nazareno Cruz y el lobo, que se conoció como radioteatro en 1951.

Escribir con hambre 04

Se levantaba a las cinco y media, escribía humor, iba a la radio, volvía a las tres y media de la tarde y seguía hasta las once de la noche. Escribía sin comer, decía, porque necesitaba sentir languidez y hambre: eso lo inspiraba y lo hacía pensar distinto. Los primeros capítulos de sus novelas los empezaba siempre en un recreo del Delta, por cábala. Su explicación de todo su trabajo cabía en una frase: era todo lo que escribía, y cada novela suya estaba hecha con cachitos de su vida.

En 1973 tuvo diez programas simultáneos al aire, entre radio y televisión. Entre sus títulos más recordados están Pablo Garmendia está solo, La historia de Juan Barrientos, carrero del novecientos y aquel cuyo nombre es un verso entero: Por las calles de Pompeya llora el tango y la Mireya, donde apareció Minguito Tinguitella.

Su idea de lo popular tampoco era complicada: hacer cosas con temática cotidiana, hablar del dolor de la gente y de sus ganas de salir adelante, una vida cotidiana embellecida. Sabía que el escapismo de las novelas podía sacar a la gente de la realidad, y lo aceptaba, porque el hombre también necesita olvidar y soñar.

El tango, y Favio 05

Su única obra registrada en el catálogo del género es Qué le importa a Buenos Aires, un tango con música de Carlos Figari y letra suya. Lo grabó Tita Merello con la orquesta de Figari en 1968, en Buenos Aires, para el sello Odeón, dentro de la serie que la cantante y el director venían haciendo juntos para esa compañía desde 1964. Es decir que Chiappe entra al tango por la puerta de Tita Merello.

Leonardo Favio le dedicó Juan Moreira y después llevó al cine Nazareno Cruz y el lobo. Chiappe no la vio: murió el 18 de diciembre de 1974 y la película se estrenó el 5 de junio de 1975. Al llevar al cine el radioteatro, Leonardo Favio dijo que la película estaba dedicada a Chiappe, como homenaje a un autor de pueblo subestimado al que le debía los sueños y las fantasías de su adolescencia. El propio Chiappe, sobre la adaptación, había dicho algo generoso y melancólico: que la película iba a ser muy distinta de lo suyo, porque uno tiene un hijo, lo cría y sabe cómo es, pero son siempre los demás quienes descubren su riqueza.

Veintitrés años después de su muerte, el autor y actor Osvaldo Médici lo recordaba como su maestro, su guía y su hermano, y contaba que lo dejaba escribir en su departamento de Esmeralda y Lavalle.

Sobre los datos 06

Dos precisiones. La cantidad de obras que se le atribuyen varía según quién cuente: las fuentes institucionales hablan de más de seiscientas, mientras que la entrevista que dio cinco meses antes de morir habla de setecientas. Acá no se elige una cifra.

Tampoco se publica el año de Por las calles de Pompeya llora el tango y la Mireya: circula 1960, pero lo afirma una sola fuente y ninguna de las otras consultadas lo repite. Y conviene saber que la paternidad del personaje, que las fuentes le reconocen, fue discutida en tribunales: en los años ochenta la viuda demandó al actor que lo encarnó y la demanda fue rechazada, por entenderse que la individualidad del personaje venía sobre todo de esa interpretación.

Y un dato que circula no se publica: que firmara a veces con el seudónimo Claudio Zuviría. Lo afirma una sola fuente y ninguna otra de las consultadas lo repite. Lo que sí está documentado, y en primera persona, es lo contrario: que durante sus comienzos fue otro quien firmó lo que él escribía. Tampoco se publica el lugar exacto de nacimiento: el archivo del género dice Buenos Aires a secas, y el barrio de Floresta aparece en su propio relato como el de las calles de tierra donde jugaba, no necesariamente como el de su casa natal.

Referencias 07

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