Cancionero

La última curda (1956)

Tango en el que un curda dialoga con su bandoneón, destacado por la riqueza del lenguaje y la construcción de imágenes poéticas.

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  • Año 1956
  • Versiones 9 vinculadas
  • Categorías 2 recorridos

Letra completa

Actualizado 13 de junio de 2026

Lastima, bandoneón,
mi corazón
tu ronca maldición maleva...
Tu lágrima de ron
me lleva
hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.
¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!
La vida es una herida absurda,
y es todo tan fugaz
que es una curda, ¡nada más!
Mi confesión.

Contame tu condena,
decime tu fracaso,
¿no ves la pena
que me ha herido?
Y hablame simplemente
de aquel amor ausente
tras un retazo del olvido.
¡Ya sé que te lastimo!
¡Ya se que te hago daño
llorando mi sermón de vino!

Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón,
y busca en el licor que aturde,
la curda que al final
termine la función
corriéndole un telón al corazón.
Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo.
Marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la última curda.
Cerrame el ventanal
que arrastra el sol
su lento caracol de sueño,
¿no ves que vengo de un país
que está de olvido, siempre gris,
tras el alcohol?...

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Historia de la obra 01

La última curda es la obra más íntima de Aníbal Troilo, el músico que más profundamente identificó el tango con la noche porteña. La letra es de Cátulo Castillo —1956, los dos amigos en la cúspide de su madurez creativa— y construye una situación tan específica que parece imposible que funcione para cualquiera que no sea Troilo: un hombre hablándole a su copa de vino en la última hora de la noche, pidiéndole a la bebida que le explique qué pasó con su vida.

Pero funciona para todos, porque todos conocen esa hora. La última curda del título es tanto la última borrachera de la noche como la última ilusión: ese momento en que uno ya no puede engañarse más y tiene que mirar lo que queda.

Troilo compuso la música en torno a un tema melódico que suena al bandoneón hablando solo —él mismo, el instrumento que era su voz natural— y Castillo escribió una letra que trata a ese sonido como interlocutor. Lastima, bandoneón — la piedad que siente el narrador no es por sí mismo sino por el instrumento, que también ha visto todo y carga con todo. Esa inversión —el hombre compadeciendo al instrumento— es el hallazgo que convierte la pieza en algo único en el repertorio.

Repercusiones de La última curda 02

Troilo era en 1956 el músico de tango más querido de Buenos Aires, y cuando producía algo de esta calidad, el público lo sabía antes que la crítica.

Para los que conocían a Troilo, La última curda tenía una dimensión autobiográfica ineludible: Pichuco —su apodo, el nombre con el que todos lo llamaban— era efectivamente el hombre de la noche porteña, el que terminaba en los bares cuando los demás ya se habían ido, el que tenía con el tango una relación de amor total y excluyente. La pieza que habla de eso era también, inevitablemente, un retrato.

Interpretaciones memorables 03

Roberto Goyeneche con la orquesta de Troilo dejó la grabación más reconocida de la pieza. Goyeneche era el cantor que Troilo elegía para sus trabajos más exigentes en esos años; en La última curda esa complicidad se hace audible en la dicción: la voz suena contenida, casi susurrada, como si la canción transcurriera en una sola mesa y no en una sala.

La pieza convocó también a intérpretes de perfil muy distinto. Edmundo Rivero, cuya voz grave y cercanía al lunfardo definieron otra línea del tango-canción, la incorporó a su repertorio. La grabaron además Raúl Garello, Alfredo Gobbi y Osvaldo Piro, entre otros, lo que da cuenta de la circulación amplia que alcanzó entre músicos del género.

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