Horacio Ferrer

Biografía

Horacio Ferrer

Revolucionó la poesía tanguera junto a Astor Piazzolla con letras como "Balada para un loco" que incorporaron neologismos, teatralidad y una imaginación verbal exuberante que redefinió lo que podía decir el género.

También conocido como Horacio Arturo Ferrer Ezcurra

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Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, circa 1970. Fuente: Wikimedia Commons.

  • Nacio 2 de junio de 1933, Montevideo, Uruguay
  • Fallecio 21 de diciembre de 2014, Buenos Aires, Argentina, a los 81 años
  • Obras vinculadas 131 en el archivo
  • Videos 87 disponibles

Biografía

Actualizado 25 de julio de 2026

Cuando Amelita Baltar cantó Balada para un loco en el Primer Festival Iberoamericano de la Danza y la Canción, en el Luna Park, en noviembre de 1969, el público se dividió entre la ovación y el abucheo: la canción obtuvo el segundo premio por decisión del voto popular —el jurado técnico la había votado ganadora— y aun así el disco vendió doscientas mil copias en su primer mes. Esa noche condensó buena parte de lo que fue Horacio Ferrer: un autor que empujó al tango hacia imágenes que el género no había frecuentado, y que pagó el precio de toda apuesta que incomoda antes de volverse canónica.

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Montevideo, vocación artística y descubrimiento del tango 01

Nació en Montevideo el 2 de junio de 1933 en un hogar muy ligado a las artes. Desde joven combinó intereses literarios, plásticos y musicales, y el tango se le presentó pronto no solo como una música sino como un universo cultural completo. En Uruguay fundó, redactó, ilustró y dirigió durante siete años la revista Tangueando, y condujo espacios radiales en el SODRE. Ese rasgo es decisivo para entender su trayectoria: Ferrer no llegó al tango únicamente para escribir letras, sino también para pensarlo, narrarlo y defenderlo como una forma mayor de cultura rioplatense.

Troilo, Piazzolla y una revolución poética 02

Su primera letra de tango nació por pedido de Aníbal Troilo: "La última grela", incluida en su libro de poemas Romancero canyengue (1967), aunque quien terminó poniéndole música fue Piazzolla. La alianza que marcaría su destino fue justamente la que estableció con Astor Piazzolla: juntos produjeron algunas de las obras más influyentes y discutidas del repertorio moderno, entre ellas la operita María de Buenos Aires —estrenada en 1968 en la Sala Planeta de Buenos Aires, con el propio Ferrer como recitante en el papel del Duende—, Balada para un loco, Chiquilín de Bachín, Balada para mi muerte y La bicicleta blanca. Con Ferrer, el tango incorporó neologismos, asociaciones inesperadas, teatralidad, humor lírico y una respiración verbal que se alejaba del realismo clásico. Su escritura no buscaba sobriedad ni transparencia inmediata: apostaba a la invención, al exceso controlado, a una musicalidad verbal propia. Esa apuesta redefinió lo que podía decir una letra de tango.

Libros, academia y difusión del género 03

Ferrer no fue solo letrista. En 1970 publicó El libro del tango, ampliado en 1980 a una edición en tres tomos: una obra de enorme alcance que contribuyó a fijar memoria, genealogías y debates sobre el género. A lo largo de décadas fue conferencista, conductor, promotor cultural y una de las voces más visibles en la defensa del tango como patrimonio artístico vivo. El 28 de junio de 1990 se creó, por su impulso, la Academia Nacional del Tango de la República Argentina, y Ferrer fue su primer presidente, cargo que ocupó hasta su muerte. Recibió los premios Konex de 1985 y 2005, y desde 2012 una esquina de Buenos Aires lleva el nombre "Esquina Horacio Ferrer".

Oratorio Carlos Gardel y otras colaboraciones 04

Con el pianista Horacio Salgán firmó el Oratorio Carlos Gardel —música de Salgán, letra de Ferrer—, estrenado en Mar del Plata en 1975 y reestrenado en el Teatro Colón en 1985: una obra de largo aliento con orquesta sinfónica, coro, recitante y solistas. En su registro televisivo de 1990 participaron la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Polifónico Nacional, con Salgán al piano, Ubaldo De Lío en guitarra, Leopoldo Federico en bandoneón y Antonio Agri como violín solista. Murió en Buenos Aires el 21 de diciembre de 2014, hasta sus últimos días vinculado a la Academia que él mismo había fundado veinticuatro años antes.

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